La enseñanza como estrategia Libertaria, marcó el primer aniversario del MLCh. 🍷🐆🧠
Por Zoe Torres H.
Persistir, en tiempos donde todo se diluye en consignas vacías, es un acto radical. Persistir sin cargos, sin financiamiento estatal, sin promesas electorales ni padrinos ideológicos, es casi un escándalo. Y sin embargo, ahí estaban. Reunidos no para conmemorar una marca, sino para recordar por qué comenzaron.
El primer aniversario del Movimiento Libertario de Chile no fue una ceremonia solemne ni un desfile de egos. Fue una escena humana. De esas que no suelen entrar en los titulares, pero que explican mejor la historia que cualquier comunicado oficial.
El encuentro comenzó con la voz de Rodrigo Dias, conocido en redes como Soy el Roh. No habló desde un podio distante ni desde la pose del dirigente profesional. Habló como se habla cuando uno cuenta una historia que sigue tatuada en el corazón. Relató el origen del movimiento no como un acto fundacional épico, sino como lo que realmente fue: conversaciones largas, debates incómodos entre amigos, lecturas compartidas y una creciente incomodidad con la forma en que el libertarismo había sido vaciado de contenido en Chile.
Desde 2019, explicó Roh, libertarios de distintas regiones comenzaron a encontrarse casi por accidente: manifestaciones, actividades políticas, reuniones improvisadas en plazas o departamentos prestados. No había una estructura. Había una intuición común: algo se estaba perdiendo. El libertarismo, reducido a eslogan liberal, a cálculo electoral, a una versión descafeinada y compatible con el Estado que decía cuestionar.
Ese malestar fue el punto de partida.
Luego vendría el esfuerzo consciente por “bajar la academia”, por sacar las ideas de los libros y devolverlas al debate vivo. Fue en ese contexto donde se cruzaron los caminos de Zésar Ynekenk y Makita Becker. No fue un encuentro protocolar. Fue un reconocimiento mutuo. Dos personas que, viniendo de trayectorias distintas, coincidían en algo esencial: el libertarismo no es una postura cómoda. Es una ruptura.
Zésar Ynekenk, hoy director del Movimiento Libertario de Chile, tomó la palabra con una exposición que no buscó agradar. Y eso, en un mundo saturado de discursos diseñados para gustar, ya es una forma de honestidad. Su crítica al liberalismo fue directa, sin anestesia: un error epistemológico. Un desvío. Una confusión grave entre libertad y administración del poder.
El liberalismo, sostuvo, no cuestiona la raíz del problema. Solo discute cómo gestionar el Estado, no si este debe existir. Desde esa lógica, el reformismo y la contraeconomía aparecen como estrategias incompletas cuando no están precedidas por algo más profundo: conciencia.
Antes de cualquier estrategia —repetía— debe haber comprensión. Antes de la acción, claridad. Porque sin entender qué es el libertarismo, toda práctica termina reproduciendo lo mismo que dice combatir. Y aquí fue categórico: el libertarismo no es minarquismo, no es liberalismo radical, no es un Estado más chico. El libertarismo es anarquía capitalista. Anarquía entendida no como caos, sino como una metodología lógica, racional, deductiva, que niega la legitimidad de la coerción política.
No fue un discurso amable. Fue uno necesario.
Luego vino Makita Becker, directora de comunicaciones del movimiento, y el tono cambió sin perder profundidad. Su exposición sobre desarrollo personal libertario bajó la discusión del plano abstracto al terreno de la vida cotidiana. No habló de países libertarios ni de presidentes libertarios. Porque, como insistió, esas categorías son trampas. El libertarismo no se decreta. Se vive.
Vivir el libertarismo —dijo— implica trabajar, ahorrar, capitalizar la propia vida. Implica dejar de depender del Estado no por discurso, sino por práctica. Cada persona que logra autonomía económica y personal debilita el poder político más que mil marchas. El Estado no cae cuando se le enfrenta, sino cuando se le vuelve innecesario.
Fue un mensaje incómodo para quienes buscan atajos, pero profundamente honesto para quienes entienden que la libertad no es un regalo, sino una carga que se asume.
La ronda de preguntas confirmó algo que no siempre se logra en espacios políticos: interés genuino. Las preguntas no eran consignas disfrazadas. Eran dudas reales, reflexiones, intentos de comprender. Hubo debate, intercambio, incluso desacuerdo. Pero no hubo postureo. Y eso, hoy, es casi revolucionario.
Cuando Rodrigo Roh dio por terminada la actividad formal, no se cerró nada. Se abrió otra cosa. Comenzó el carrete libertario. El asado. Las conversaciones sin micrófono. El vino compartido. Las risas. La discusión que sigue cuando ya no hay escenario ni público, solo personas.
Ahí, alrededor del fuego, el libertarismo dejó de ser teoría. Fue amistad. Fue comunidad. Fue la certeza silenciosa de que algo sigue vivo no porque sea masivo, sino porque es verdadero para quienes lo sostienen.
El Movimiento Libertario de Chile no nació para ganar elecciones ni para agradar a la prensa. Nació para mantener encendido un fuego. Uno que no promete victorias rápidas, pero sí coherencia. Y en tiempos de discursos vacíos y rebeldías de cartón, esa coherencia es un acto profundamente subversivo.
No hubo banderas partidarias ni promesas grandilocuentes. Hubo personas. Y eso, quizás, sea lo más peligroso de todo.
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