Grupo de Voluntarios Libertarios salen hacía El Biobío. 🤝🚚❤️🔥
Por Zoe Torres.
El Fuego no vota, no espera presupuestos, no cree en promesas. Arde. Avanza. Devora. Y mientras las llamas escriben su propia ley sobre los cerros del sur de Chile, el Estado, pesado, tardío, ceremonial, vuelve a llegar cuando ya no queda nada que salvar.
El fuego no entiende de discursos.
Este viernes 23 de enero, lejos de los podios y de las oficinas con aire acondicionado, un grupo de voluntarios del Movimiento Libertario de Chile tomó la ruta hacia la Región del Biobío. No salieron a pedir permiso. Salieron a ayudar. Cargaron camionetas con lo que muchas personas entregaron libremente, con la ayuda recolectada por Chile País de Voluntarios (@chilepaisdevoluntarios), y partieron al encuentro de quienes hoy viven con el humo en los pulmones y el miedo en la piel.
No hubo sirenas ni caravanas oficiales. Solo motores encendiéndose antes del atardecer y una certeza íntima: Ayudar es nuestra responsabilidad.
El camino al sur es largo y silencioso. A los costados, el paisaje cambia. El verde se apaga, el aire se vuelve espeso, y la tierra parece cansada. Ahí, donde el Estado se vuelve una idea abstracta, aparecen las manos concretas.
La tarea inmediata es simple y profundamente humana: alimentar al que combate las llamas, sostener al que lo perdió todo, acompañar al que todavía resiste. Pero bajo esa sencillez late algo más grande. Una idea antigua y peligrosa para el poder: la sociedad no necesita ser controlada para ser solidaria.
Mientras los políticos administran la tragedia desde la distancia, estos voluntarios pisan ceniza fresca. Mientras el Estado promete futuros formularios, ellos levantan mesas, ollas, puntos de encuentro. Aquí no hay logos oficiales ni cadenas nacionales. Hay comunidad y solidaridad real.
Porque cuando el fuego arrasa, se caen también las ficciones. Y queda lo esencial: personas ayudando a personas, sin coerción, sin intermediarios, sin esperar nada a cambio.
Quizás por eso este gesto incomoda. Porque demuestra que la ayuda verdadera no nace del miedo ni del impuesto, sino del vínculo. De la voluntad. Del amor por el otro, incluso por el desconocido.
Cuando las llamas se apaguen y las cámaras se vayan, quedará la tarea más silenciosa: reconstruir casas, vidas, memorias. Y ahí, otra vez, no será el Estado el que llegue primero.
Será la gente.
Y en ese gesto, tan simple y tan radical, hay algo profundamente romántico: la certeza de que, incluso entre las ruinas, la libertad también sabe cuidar.
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