¿Dónde está Julia Chuñil? Crónica de una mentira política. 🔪💀🔥
Por Zézar Ynkenk
La pregunta
Durante meses, la pregunta apareció en todas partes. En los matinales de Santiago, repetida con voz grave por animadores que nunca habían pisado Máfil. En radios universitarias, dicha con solemnidad militante. En lienzos colgados frente a ministerios, escrita con pintura negra como si fuera una acusación bíblica. Una pregunta simple, insistente, aparentemente humanitaria, pero cargada de intención política:
¿Dónde está Julia Chuñil?
Nada en la intención de esa pregunta era honesto. Nunca lo fue. No buscaba una respuesta, sino construir a un culpable. Venía empaquetada con una épica lista para consumir, con un marco ideológico cerrado y con una dirección clara: posicionar una nueva historia que sirviera para los fines del socialismo.
En ese relato, la señora Julia Chuñil no era una mujer del sur, no era una madre, no era una campesina trabajadora envejeciendo entre rutinas duras de violencia intrafamiliar y silencios largos de dolor. Era algo mucho más útil: una ecologista mapuche, una dirigenta, una defensora de la tierra, una víctima anticipada del extractivismo forestal. Una figura simbólica perfecta.
Y frente a toda épica, hacía falta un villano. Ese rol le fue asignado de inmediato al empresario forestal Juan Carlos Morstadt Anwandter, señalado sin pruebas, sin cuerpo, sin investigación concluida, antes incluso de que el país supiera quién había sido realmente Julia Chuñil.
La izquierda activista necesitaba una historia. Y la tuvo. Lo que no tuvo fue decencia. Ni respeto. Ni interés por la verdad.
Los hechos
La tarde del 8 de noviembre de 2024, en el sector Huichaco Sur, comuna de Máfil, la vida de Julia Chuñil entró en su última escena. Tenía 70 años. Era una mujer de campo, de rutinas simples y trabajo constante. Salió de su casa entre las 19:00 y las 19:30 horas, acompañada de su perro Cholito. No hubo despedidas solemnes ni presentimientos épicos. Fue una salida más.
Testigos externos, no familiares, la vieron caminar por un camino rural. Vieron también a un hombre. Vieron dos perros más. Nadie vio violencia. Nadie vio fuego. Nadie vio empresarios. Esa fue la última vez que alguien ajeno a su familia la vio con vida.
Desde ese momento, el caso no entró en silencio. Entró en estridencia.
Mientras en Máfil se buscaba con linternas y preguntas, en Santiago el caso se convirtió en ruido político. No en recogimiento ni cautela, sino en una maquinaria de declaraciones, entrevistas y consignas. Sus hijos —Javier Omar Troncoso Chuñil, Pablo San Martín Chuñil y Jeannette Troncoso Chuñil— no aparecieron como familiares rotos por la incertidumbre, sino como voceros políticos perfectamente alineados. Liderados por la abogada Karina Riquelme, activista socialista, instalaron una tesis cerrada desde el primer día: Julia había sido asesinada y quemada por Juan Carlos Morstadt, en el marco de una disputa territorial vinculada a la comunidad Putreguel, reconocida por Conadi en 2014.
No había cuerpo. No había pruebas materiales. No había reconstrucción de hechos. Pero había relato. Y eso, para el activismo marxista, siempre ha sido suficiente.
El 9 de diciembre de 2024, a un mes exacto de la desaparición, la acusación ya era pública y frontal. Se habló de amenazas, de intereses económicos, de tierras en disputa. El engranaje narrativo encajaba a la perfección: empresariado, territorio, pueblo originario, mujer mayor. La víctima ideal. El enemigo ideal.
Mientras esa historia viajaba por estudios de televisión, manoseada por periodistas mediocres y funcionales al socialismo, por artistas y políticos hipócritas, en Máfil comenzaba a escucharse la verdad, una verdad mucho menos útil y por lo mismo mucho menos difundida. Vecinos empezaron a decir —primero en voz baja, luego con más firmeza— que Julia Chuñil no era activista, ni ecologista, ni dirigente socialista. Era simplemente una mujer de campo, conocida por ser muy trabajadora y por su carácter duro y su sentido de justicia elemental. Y junto a eso, comenzó a emerger un murmullo incómodo: sus hijos eran violentos, conflictivos, bebían en exceso, amenazaban a vecinos y les robaban.
Esa versión no llegó a Santiago. No servía para ningún lienzo de propaganda política.
En paralelo, y lejos de las cámaras, otro conflicto se incubaba dentro de la propia familia. Según antecedentes conocidos posteriormente por la investigación, los hijos de Julia Chuñil mantenían disputas abiertas con su madre por las tierras que ella había logrado regularizar y obtener a través de mecanismos del Estado chileno. Dichos terrenos, originalmente producto de una toma ilegal, habían sido posteriormente saneados y adjudicados a nombre de Julia, gracias a gestiones administrativas que ella misma llevó adelante.
Ese detalle, cuidadosamente omitido en el relato activista, era central: las tierras no pertenecían a los hijos, y estos solo podían acceder a ellas legalmente una vez que su madre falleciera. La tensión por ese patrimonio fue creciendo con los años, generando enfrentamientos constantes, amenazas y conflictos directos entre Julia y sus hijos, quienes veían en la permanencia con vida de su madre un obstáculo para apropiarse de aquello que consideraban propio. En ese contexto, la supuesta lucha ecológica no era más que una coartada: detrás, lo que existía era una disputa cruda por dinero y propiedad.
El 30 de enero de 2025, la investigación dio un giro silencioso pero decisivo. Carabineros allanó la casa donde vivía Julia Chuñil y encontró una mancha de sangre. No en un bosque, no en un predio forestal, no en territorio en disputa. En su propia vivienda. Pocos días después, el Ministerio Público informó que el núcleo familiar pasaba a ser oficialmente objeto de interés.
El relato comenzó a agrietarse.
El 30 de septiembre de 2025, cuando las grietas ya eran visibles, las abogadas de la familia difundieron lo que presentaron como una prueba definitiva: un supuesto audio en el que Morstadt comentaría que a Julia “la quemaron”. El activismo celebró. Lo amplificó. Lo dio por verdadero sin escucharlo completo, sin verificar su origen, sin exigir contexto.
La Fiscalía, en cambio, no celebró nada.
El audio no sostuvo ninguna imputación. Nadie pudo certificar su autenticidad. Nadie pudo establecer cuándo, cómo ni en qué contexto fue grabado. Con el paso de los meses, todo indicó que se trató de una pieza de humo, una maniobra diseñada por la abogada y activista socialista, para seguir ensuciando el escenario público y mantener lejos la atención de donde realmente debía estar.
Una estrategia. Calculada. Y profundamente deshonesta.
Desde diciembre de 2025, los testimonios locales comenzaron a imponerse con más fuerza. Vecinos, conocidos, personas sin micrófono ni partido empezaron a decir lo mismo: la historia difundida en Santiago era una mentira.
El 14 de enero de 2026, la investigación explotó.
Carabineros detuvo a tres hijos y al exyerno de Julia Chuñil, tras una indagatoria reservada que había acumulado evidencia suficiente. Los detenidos fueron Javier Omar Troncoso Chuñil, Pablo San Martín Chuñil, Jeannette Troncoso Chuñil y Bermar Flavio Bastías Bastidas. Todos quedaron incomunicados. En la casa de Pablo, los policías encontraron un objeto imposible de explicar desde cualquier relato heroico: la cédula de identidad original de Julia Chuñil, cuidadosamente oculta.
Al día siguiente, 15 de enero de 2026, la Fiscalía expuso su teoría en la audiencia de formalización.
Horas antes de la desaparición, Javier Troncoso, presuntamente en estado de ebriedad, habría robado con intimidación —usando un cuchillo de gran tamaño, de uso carnicero— la pensión de un vecino, un anciano de 93 años amigo de la señora Julia Chuñil. Julia se enteró. Lo enfrentó. No por ideología. No por tierras. No por consignas. Sino por dignidad.
Intentó defender al viejo.
Según los antecedentes expuestos por la Fiscalía, fue en ese momento cuando Javier se abalanzó sobre su madre y la estranguló, en presencia de sus hermanos. No hubo épica. No hubo causa. Hubo violencia doméstica, brutal y definitiva.
Después vino el pacto familiar: ocultar el cuerpo, quemar objetos, borrar rastros. En ese encubrimiento, según los antecedentes expuestos por la Fiscalía, el exyerno Bermar Flavio Bastías Bastidas habría cumplido un rol activo y decisivo, colaborando directamente en la extracción del cuerpo de la vivienda y en su posterior ocultamiento, transformándose no en un testigo pasivo, sino en parte consciente del mecanismo criminal.
El anciano, testigo involuntario de todo, fue encontrado más tarde en condiciones que no admiten eufemismos: encerrado en una bodega, desnutrido, con mordeduras de ratones. Lo dejaron ahí para que muriera. Para que no declarara. Para que el último obstáculo humano desapareciera en silencio.
Tres hijos fueron formalizados por parricidio. El exyerno, por homicidio calificado, quedó con arresto domiciliario nocturno. En paralelo, algunos especialistas en criminología y análisis de conductas violentas han advertido que el nivel de coordinación, frialdad y complicidad mostrado entre los hermanos y el exyerno no es habitual en hechos aislados, y podría ser indicativo de la existencia de otros delitos graves —incluso otros homicidios— cometidos con anterioridad o en paralelo, los cuales aún no han salido a la luz y que podrían estar siendo deliberadamente invisibilizados por redes de protección política y activismo socialista interesados en sostener una narrativa conveniente. El cuerpo de Julia Chuñil aún no ha sido encontrado.
El secuestro.
Quisieron usar a Julia Chuñil como una bandera política. pero Julia siempre fue mucho más que eso, fue una mujer de carne y hueso: campesina del sur, trabajadora del campo, acostumbrada al frío, al barro y a las jornadas largas. Vivía de su esfuerzo diario, de animales, de construir cercos y de rutinas duras, no de consignas ni asambleas socialistas. Tenía una historia propia, conflictos familiares reales, un territorio concreto y una vida que no necesitaba ser convertida en símbolo para tener valor.
El socialismo activista , ese que habla de pueblos, de tierras y de derechos, no quiso verla así. No le interesó quién era realmente Julia Chuñil, cómo vivía ni qué ocurría dentro de su familia. Su vida no importaba; solo importaba lo que su historia podía representar. Y cuando una persona deja de importar, su muerte se vuelve solo un recurso más. El activismo socialista la usó. Usó su nombre, su desaparición y su historia para levantar una narrativa política que terminó protegiendo a los verdaderos responsables.
Mientras un anciano era robado, golpeado y abandonado a una muerte lenta, mientras una madre era asesinada por su propio hijo, el activismo celebraba audios fantasmas, consignas vacías y culpables prefabricados.
Y ahí está lo más brutal de todo: el socialismo no falló. Funcionó exactamente como siempre. Transformó a una persona en símbolo, a una tragedia en recurso político y a la verdad en un estorbo.
Julia Chuñil no fue mártir del extractivismo. Fue víctima del secuestro moral de una ideología que dice amar al pueblo, pero desprecia a las personas reales.
Y esa verdad, por incómoda que sea, se encuentra secuestrada detrás de la propaganda ecologista.
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